Él quiso hablarle dentro de ese
bar y se planteó horarios para poder tener más eficacia. Era algo muy ambiguo
plantearse la meta de tres horas, debía de poder hacerlo antes de las dos de la
mañana, cuando no estuviera tan sobria pero lo suficientemente lúcida para sonreírle,
por lo menos, mientras se acercaba dubitativo hacia su grupo. La hora se
cumplió, el ebrio era él y ella parecía tan intacta a lo lejos y aunque contó
mentalmente las cinco copas de diferentes componentes durante la noche, no
parecía muy alegre ni muy triste, estaba tan inmaculada como había entrado, ni
despeinada ni inquieta, sin la pizca de coquetería con la que contaba para el
acercamiento. Reteniendo el miedo entre las entrepiernas y con ganas de mear se
acercó muy temeroso, con el corazón atrapado en un zumbido de roedor que muy
dentro de sí era placentero para su minúsculo ego.
-Eres linda ¿sabes?
Fue todo el cortejo. Mientras
ella se alejaba con su grupo de amigas, destrozado volvió a la barra y pidió
otra copa, lo atendieron rápidamente. Dos horas después y con cinco copas
huérfanas de líquido salió y en la puerta se topó con ella pero esta vez más
beoda. Estaba sola con la cabeza semi agachada y con notorios síntomas de
desahogo intestinal. Él quiso pasar por su lado sin ver. Ella habló cuando ya
estaba con el primer pie sobre la grada nácar.
-Oye ¿te parezco linda verdad?-
Y aunque por dentro solo quería
escapar…
-Claro, incluso viendo tan poco en este estado puedo saber lo linda que
eres.-
Volvieron, se sentaron en la
barra nuevamente y charlaron un poco antes de empezar con los besos que
aumentaban con el rigor de la necesidad y de las respuestas ilógicas. Ambos
salieron y antes de tomar el taxi al
hotel vieron el pequeño haz dibujarse
entre las sombras y el naranja de los postes, la línea multicolor que baña la
niebla elevada antes de que salga el sol. Como vampiros entraron en el primer
auto sin saber si le tenían más miedo al día o al término de la noche. Ya en la
habitación todo alcanzó el primer polvo que determinaba el éxito sin importar
la felicidad o el estallido interno. Inmediatamente luego del acto se
desparramaron uno con el otro, cobijándose en el calor paria, en el sudor
cómplice del momento. Se habían rendido luego de lograr la victoria o algo parecido
al confort de la cama caliente. Contra toda lógica, ella despertó sola.

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